
.
Con el azul a mi espalda
y el blanco en la mirada
te pedí
que me sujetaras
para que el mar no me arrastrase
hasta el horizonte
de los sueños rotos.
Te pedí
un latido infinito,
algo imposible,
una tristeza de solo veinte segundos.
Te pedí
un leve parpadeo,
una palabra hermosa,
una canción de tarde de domingo.
Y me regalaste un libro
que contaba cómo se forman
las nubes
y cómo las lágrimas
nunca se pierden.
Me diste
una caja llena de vientos cálidos
y un plumier con un arcoiris dentro.
Hace días que dejé de sentir
que el mar me estaba llamando.
Ahora sé que jamás me acogerá
en su regazo.
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