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Hablan por sí solos.
En los mezquinos labios
de un trovador infiel a sus palabras,
los versos se escapan
temerosos de formar una rima
malvada y fraudulenta.
Noventa y nueve poemas
esperan el perdón de los pecados ajenos,
porque saben que el querer
no soporta el castigo del silencio,
y la ausencia de miradas
es una forma de condenar la inocencia
a una ficción de cadencias ensayadas.
Llegará el día en el que el verso libre
no necesitará de la impostura
para alcanzar los cien poemas de amor
sin añadir una canción desesperada.
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jueves 1 de julio de 2010
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