
Sacrifice, de Armand Amar.
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Una ventana por la que nadie mira,
un corazón que no soporta un latido más,
un verano que se acabó de golpe
porque el entendimiento no quiso aceptar
una nueva bofetada en la mejilla.
La tierra ha cubierto el pasado
para que los que vengan después caminen sobre él,
como si fuesen aventureros intrépidos
que respiran por descubrir mundos que pertenecieron a otros.
La pesadumbre adquiere la apariencia
de las grandes ocasiones,
las nucas se vencen
porque el límite de su tesón se desdibujó
cuando las espaldas de los hipócritas
se mostraron firmemente unidas,
por no ver cómo los perdedores abandonaban
su esperanza para dejarla marchar por una pendiente sin retorno.
Quedan el aire,
la luz,
la magia de un cálido susurro,
la madrugada quieta,
el serbal que verdea,
el frescor de la sombra,
el horizonte inquebrantable.
La soledad era esto.
Lo sigue siendo todavía.
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