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En mis manos se dibujan las historias que quise contar y que jamás fueron escuchadas. Al igual que los días que siendo lunes, o martes, o quizás viernes, no tuvieron ninguna importancia en el calendario. De mi rostro se escapan los lugares que quise conocer y que jamás recorrí con mi mirada. Al igual que las hojas de un álamo, o de un fresno, o de un cinamono, a las que nadie pone nombre porque ya han dejado de ser importantes. En mi cintura se sujetan las promesas que quise construir y que jamás fueron verbalizadas. Al igual que las acequías de una huerta, a las que la civilización esconde para que no se sepa que bajo nuestros pies no existe una tierra firme. Me he robado la sonrisa para venderla en un mercadillo de domingo, en un puesto de prendas de segunda mano. Soy la única responsable de que el filo de las tijeras sea excesivamente cortante. No tengo nada que merezca caminar tres jornadas y media bajo un sol de justicia para llegar hasta mí. Sólo acumulo interferencias ajenas y sentencias objetivas que no se detienen a valorar cuán grande es una mochila cuando no está llena de nada. Es de noche, se oye el canto de un grillo. La humedad se ha pegado a mis brazos y creo que, por unas horas, se quedará sujeta a mis hombros, para que pueda saber qué significa sentirse abrazada por la ausencia del día que llegará dentro de unas horas.
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martes, 29 de junio de 2010
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