.
.
Una gota
se desliza
por tu cara.
Duermes.
Tu rostro
es una fotografía
de cartera.
Anoche
me contaste
que tu deber era rescatarme.
Oiste mis gritos
y viniste en mi ayuda.
El suelo te recogió.
Yo me limité a asustarme.
Mi angustia
no sabe de escayolas.
Tu delirio te enseña
cómo se visten las fantasías.
Es sábado,
por la mañana.
Podría no haber llegado.
Duermes.
Y respiras.
Me has salvado de la culpa.
Tu aspirina contra el miedo
ha acariciado mis manos
al darme los buenos días.
.
.
.
sábado 29 de mayo de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
3 comentarios:
Tengo un problema; freno mis dedos para que no suenen fanfarrias para con tus letras. La culpa de frenarlos la tiene la facilidad de la alabanza en este medio, pero apúntate esas fanfarrias para la belleza de tus últimos poemas.
¿Sabes? Me pregunto cómo son tus momentos de escribir, y no me refiero al ánimo, sino al entorno, ya sabes, luz de lámpara de mesa, música o silencio, té, café, o cacao, acompañando.
Un gustazo leerte, Bambo, gustazo gustazo.
Un beso
-chus-
Gracias, Chus. Lo que me has dicho es realmente hermoso.
Mis momentos son muy prosaicos... aprovecho los ratos en los que me siento en el sofá del comedor de casa de mis padres, esperando a que la noche avance o a que llegue la siguiente llamada. Un sofá que tiene 33 años, enorme, señorial, de salón proletario con ínfulas de palacio. Ahora acabo de abril la puerta del balcón para dejar que corra el aire. Las cortinas se inflan y desinflan según le vaya al señor de las corrientes y la luz, tamizada por los toldos, juega con el único rayo que se cuela entre los dos protectores. Un espacio creado para las grandes ocasiones que casi nunca han sido y al que la comodidad no fue invitada jamás. Zas está a mi lado, como siempre. En la salita no queda ningún sillón para él. Aquí tiene el resto del sofá y los dos sillones. Va de uno a otro, como si pensase que su reino ha de ser protegido de poquito a poco.
No hay música. Esta casa nunca tuvo ritmo musical. Pero se oye el canto de algún que otro pájaro y las conversaciones de los niños que juegan en el parque que hay en la plaza. Los cinamomos son tan grandes que puede que el año próximo toquemos sus ramas con nuestras manos, pero seguramente los podarán antes, que los poderes públicos enseñan la naturaleza, pero no gozan compartiéndola.
Si es que hasta para explicar, te sale bonito.
Publicar un comentario en la entrada