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Es difícil caminar.
Andar.
Pisar.
Porque la vista se alza,
irremediablemente,
hacia el infinito.
El que está a la vuelta de nuestra esquina particular.
Piensa,
piensas,
pienso
que todos los colores tienen nombres y apellidos.
Piensan,
pensáis,
pensamos
que el olor de la hierba mojada
pertenece, como propiedad única e intrasferible,
a los vendedores de emociones al por mayor.
[Nos equivocamos.
Él, tú, yo, ellos, vosotros, nosotros.
Desde el primero hasta el último.]
Las nubes pesan cuando el gris que las dibuja
se apropia de nuestras espaldas.
No es fácil compartir entre todos las lágrimas
que, contenidas, almacenan día tras día,
buscando no extinguir nunca el fuego de un cielo encendido en llamas.
Te cuento.
Me cuentas.
Las seis de la tarde es la hora perfecta
para hablar del amor que nos negamos.
El momento oportuno para callar el miedo a encender el cigarrillo.
La ocasión ideal para acariciar nuestra piel
con el aire que se escapa de nuestros silencios.
Temo tu dolor
porque sé que no es el mío.
Temo tu ausencia
porque sé que sería la mía.
Cualquier cosa es posible bajo un cielo en llamas.
Cualquier cosa.
Hasta que las puertas se abran solas,
sin necesidad de llaves
que hurgen en las cerraduras.
El olor de la hierba mojada no tiene dueño.
Recúerdalo siempre.
Los agitadores de almas saben que en eso jamás conseguirán engañarnos.
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♫♪The closing of the doors♫♪, de Roisin Murphy.
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3 comentarios:
Hace poco que he empezado a seguir los latidos de tu cuaderno. Sólo diré que es emocionante.
Gracias, uros.
A veces late despacio. Y otras, como estos últimos días, rápido, acelerado.
En busca del término medio... pero es tan difícil conseguirlo, que todo se reduce al estado de ánimo, al día a día.
De nuevo, gracias.
Gracias a ti por tus latidos. Vivir, a estas alturas, es atreverse a sentir (el amor, el dolor) con los ojos abiertos, cada día. Es difícil. Escucharé.
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