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Ayer pinté la pared en la que mi vida se apoya
con cava y dulce de leche.
Hoy la he contemplado,
cuando el reloj marcaba las dos de la tarde,
cuando el sol le daba de lleno
al entrar por la ventana,
y he sido consciente de que mi trabajo
había sido en vano.
Las burbujas se habían desvanecido,
el postre ya no sabía a azúcar
y la grieta que cubrí anoche con la sutil caricia
del beso en un cuello ladeado,
era siete milímetros más ancha
y su enraizada forma se había tornado teleraña.
La calle me ha enseñado,
de nuevo,
a caminar.
La acera me ha obligado a detenerme.
A bajar el peldaño que la separa del asfalto
con el cuidado necesario
para que mis pisadas recobren la fuerza.
He mirado hacia arriba.
Y el azul del aire que respiro
ha cubierto mis espaldas.
A sabiendas de que la noche será larga.
Porque recomponerse
cuando las piezas del puzzle están desperdigadas
puede convertirse en la eterna búsqueda del Grial.
Porque mirarse las manos
y sentir que ya no tiemblan
sólo se consigue cuando en la hora de las brujas
hay un hombre a tu lado
que desliza sus dedos entre tu cabello revuelto.
Porque quiero ser
y su sombra me ayuda a dibujarme.
Intenso,
como el azul de la noche más larga.
Llegará
cuando la luna te sonría,
cuando la luna me regale su paleta de colores.
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♪♫Bella luna♪♫, de Jason Mraz.
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