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Ayer estaba arriba.
Hoy he caido en picado.
Las emociones se rompen.
El cielo se esconde.
Es triste estar triste.
Tristemente triste.
La mesa sigue llena de papeles.
Los papeles se amontonan en mi mesa.
La mesa y yo somos incapaces de soportar
tanta burocracia inútil.
Tiemblo porque otros tiemblan.
Hasta ayer sólo era una la que no podía sostener una cuchara.
Hasta ayer sólo era una la que iba a dar un paso
y se quedaba en el sitio, clavada, como un castigo
por haber querido ser feliz durante setenta y seis años.
Demasiada osadía para una simple mortal.
Hoy, en cambio, una sola palabra
ha bastado para que sean dos los que tiemblen,
para que sean dos los que un día no podrán sonreír
porque su rostro se quedará paralizado.
Diagnóstico confirmado.
Tiene nombre.
Se llama Parkinson.
No es cierto que siempre se puede elegir.
Mienten los que dicen la plena libertad existe.
Yo llevo años queriendo respirar mi propio aire
y sólo sobrevivo porque los demás me ofrecen el suyo,
contaminado por los deseos ajenos.
Es triste estar triste.
Tristemente triste.
Aunque en la oscuridad la luz haya dejado su rastro.
Con los ojos cerrados
no hay camino que se pueda andar sin tropezar.
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2 comentarios:
Amiga mía. Hermoso y doloroso poema.
Ciertamente, no podemos elegir
Dices bien: Demasiada osadía para un simple mortal
Como dice la canción que nos dejas de J. Brel (Los viejos) “Se cogen de la mano tienen miedo a perderse y se pierden sin embargo”
Un beso
Gracias, Aviador.
Sí que es demasiada osadía y, sin embargo, nos empeñamos en conseguirlo día tras día.
Menos mal que nos queda esa esperanza, :-)
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