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Llega.
Sola.
O acompañada.
De día.
O cuando el ocaso pinta de fuego el horizonte.
Una mano
sujeta el cuello
que antaño fue quebradizo
y unos labios
besan un rostro
que siempre se supo imperfecto.
La calma
llega.
Con una bolsa de viaje.
Con un temblor en la mirada.
Con un silencio
repleto de miedos.
Pesa el saber.
Y el no saber ata las emociones
al centro de una gravedad inestable.
La calma
llega.
Tocando los hombros,
mirando de soslayo como el aire
es un perfecto compañero de viaje.
De puntillas,
sin hacer ruido.
Con la certeza de que sólo se amó una vez.
Con la canción que sonará
en el momento menos oportuno.
La calma.
Avanza hacia adelante.
Con el presentimiento
instalado en una pared
que aumenta su altura a razón de tres silencios al día
y una negación cada cuarenta y ocho horas.
La calma
llega.
A pesar de que los pies descalzos
caminan sobre arenas movedizas,
a pesar de que la evidencia heredada de otros
destruirá cualquier rastro de las huellas que,
casi etéreas,
volátiles y ardientes,
acabarán siendo pasajeras eternas
de un tren en continuo movimiento.
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