viernes, 13 de febrero de 2009

La calma

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La calma
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Llega.

Sola.

O acompañada.

De día.

O cuando el ocaso pinta de fuego el horizonte.

Una mano

sujeta el cuello

que antaño fue quebradizo

y unos labios

besan un rostro

que siempre se supo imperfecto.

La calma

llega.

Con una bolsa de viaje.

Con un temblor en la mirada.

Con un silencio

repleto de miedos.

Pesa el saber.

Y el no saber ata las emociones

al centro de una gravedad inestable.

La calma

llega.

Tocando los hombros,

mirando de soslayo como el aire

es un perfecto compañero de viaje.


De puntillas,

sin hacer ruido.

Con la certeza de que sólo se amó una vez.

Con la canción que sonará

en el momento menos oportuno.


La calma.

Avanza hacia adelante.

Con el presentimiento

instalado en una pared

que aumenta su altura a razón de tres silencios al día

y una negación cada cuarenta y ocho horas.


La calma

llega.

A pesar de que los pies descalzos

caminan sobre arenas movedizas,

a pesar de que la evidencia heredada de otros

destruirá cualquier rastro de las huellas que,

casi etéreas,

volátiles y ardientes,

acabarán siendo pasajeras eternas

de un tren en continuo movimiento.


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