viernes, 9 de marzo de 2012

No lo sabía

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Se quedó sin palabras.

Muda,

cuando podía hablar.

Triste,

cuando podía sonreir.

Quieta,

cuando podía caminar.


Se quedó sin razones.

Loca.

Cuando podía pensar.

Ciega.

Cuando podía ver.

Sorda.

Cuando podía escuchar.


No lo sabía.

No.

Los dolores ajenos

se mezclaron con los suyos.

No.

No lo sabía.

Las cuentas pendientes

se perdieron por sus bolsillos rotos.

No.

No lo sabía.


Y ya nunca más pudo saber.

La inocencia se diluyó

en unas gotas de perfume barato.

Un fin con un principio desnortado.
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martes, 28 de febrero de 2012

Esas cosas pasan

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La distancia se camina en un segundo.

Quizás sólo se trate de aprender a contar.

Ayer el tiempo se vistió de tristeza

y mañana, seguro, se desnudará

ante la sorpresa.

Esas cosas pasan.

El agua se convierte en gota

y la gota, seguro, se deslizará

de la mano del recuerdo.

Los párpados se aquietan

pero la luz sigue iluminando

el pequeño rincón

en el que los sustantivos se adjetivan.

Esas cosas pasan.

El martes susurra su adiós

y, sin más, el viernes

se enroca en tu columna.

Sin pedir permiso.

El silencio se convierte

en diccionario.

La existencia se arropa

con una bufanda tejida con gerundios.

Rozando,

mirando,

sintiendo,

viviendo.

Sí, esas cosas pasan.
.
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lunes, 14 de febrero de 2011

Efímero

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Efímero.
Quise querer queriendo
y mis pasos se detuvieron
en el momento en el que tuve
que convivir con el gerundio.
Descompasado,
roto,
aislado,
participio de pasado
que pasó pasando
sin darme cuenta
de que jamás
sabría contar los pasos
necesarios para seguir pisando.

No quise ser soledad
abandonada,
ni silencio impuesto
por la tristeza de los puzzles
incompletos,
ni cúmulo de temores
guardados en los cajones
de la ropa de diario.

Quise amar
para respirar una querencia cualquiera
y sólo fui capaz
de enamorarme
de un ocaso efímero,
con un fin demasiado cercano.
.

Sujétame para que el mar no se me lleve

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Sujétame para que el mar no se me lleve
.
Con el azul a mi espalda
y el blanco en la mirada
te pedí
que me sujetaras
para que el mar no me arrastrase
hasta el horizonte
de los sueños rotos.

Te pedí
un latido infinito,
algo imposible,
una tristeza de solo veinte segundos.

Te pedí
un leve parpadeo,
una palabra hermosa,
una canción de tarde de domingo.

Y me regalaste un libro
que contaba cómo se forman
las nubes
y cómo las lágrimas
nunca se pierden.

Me diste
una caja llena de vientos cálidos
y un plumier con un arcoiris dentro.

Hace días que dejé de sentir
que el mar me estaba llamando.
Ahora sé que jamás me acogerá
en su regazo.

viernes, 13 de agosto de 2010

Un universo de latidos (revisado)

Revisado para un certamen literario... en el que, por supuesto, me dieron calabazas cocinadas al estilo poético, :-)

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Él la miró a los ojos
con la luz entre los labios,
silencioso,
sutil,
enamorado.
Ella se abrazó a su cuello
y recitó un poema de amor
al resguardo de su nuca.

Él escribió en su espalda
los días de la semana.
Ella suspiró sesenta veces
sobre su vientre,
para que los segundos de un minuto
viviesen eternamente cálidos.

Él subió a lo más alto del árbol
y le contó cómo era el mar,
cómo los hombres y mujeres
se besaban en los parques.
Ella regó las flores del jardín
y salpicó su rostro
con unas cuantas gotas de ternura.

Él le robó sus pesadillas
y ella le ofreció un universo de latidos.
Desde ese día,
existe una mujer que se adormece
con el aroma del membrillo,
y un hombre que respirará,
por siempre,
a través de un corazón abierto.
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El perfil de los verbos de diario (revisado)

Revisado para un certamen literario... en el que, por supuesto, me dieron calabazas cocinadas al estilo poético, :-)

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No siento,
no suspiro,
no lloro,
no despierto,
no fabulo,
no enmudezco,
no sonrío.

Me suicido al menos tres veces cada hora,
me pellizco en las mejillas y sé que la noche eterniza,
me callo porque mis descalabros no necesitan oyentes,
me ahogo porque mi oxígeno renegó de celebrar mis cumpleaños,
me entierro porque los engaños no echan raíces.

No leo
-poemas de amores esclavos-,
no dibujo
-margaritas acariciando mis pies desnudos-,
no sueño
-por la dicha de una mañana perfecta-,
no medito
-sobre lo que ya no seré jamás-,
no perdono
-las palabras huecas que visten una sonrisa cándida-,
no resucito
-el juego de los besos anónimos-,
no permanezco
-en la estancia que comparten Campanilla y Peter Pan-,
no aplaudo
-las libertades ajenas que no se respetan a sí mismas-.


Me quiero a sabiendas de ser mi único salvavidas,
me encojo porque no soporto ser diana en un juego cruel,
me consiento porque mis errores me hacen cosquillas,
me deseo porque necesito, por siempre,
un amante placentero que conozca mi nombre,
me reconstruyo porque el ariete que me golpea no podrá conmigo.

No camino,
no palpito,
no escucho,
no creo,
no contemplo,
no recuerdo,
no confío.

Pero no huyo.
Mis ojos todavía saben cómo mirar, cómo abrazar.
Hay días en los que los verbos se pegan a mi piel para vestirme.
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miércoles, 14 de julio de 2010

El impás

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Estuve con él anoche.

Hablamos seriamente.

Con toda la seriedad que requiere

una conversación

entre una mujer cansada

y un tiempo que se presta a detenerse.

Me explicó cómo sobrevivir

a los minutos en los que el oxígeno

se niega a llegar a los pulmones.

Me negó, por tres veces,

que nuestras vidas dependan

de la voluntad de un salvador trasnochado.

Me hizo beber de la quietud

que requiere la ausencia de dolor

y me invitó a madrugar con los ojos cerrados

para no dejarme impresionar por los amaneceres efímeros.

He firmado un contrato privado

para que el impás permanezca

a mi lado sin el temor a que, en un ataque de optimismo excesivo,

lo expulse de mi casa a plena luz del día

y bajo un sol de justicia.

Cambiar un paisaje de montañas

por una extensa planicie

es la única manera de mantener el equilibrio.
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