viernes 30 de octubre de 2009

Docena y media de latidos

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Sophora japonica -hojas-
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Él la miró a los ojos

con la luz entre los labios,

silencioso,

sutil,

enamorado.

Ella se abrazó a su cuello

y recitó un poema de amor

al resguardo de su nuca.


Él escribió en su espalda

los días de la semana.

Ella suspiró sesenta veces

sobre su vientre,

para que los segundos de un minuto

resultasen eternamente cálidos.


Él subió a lo más alto del árbol

y le contó cómo era el mar,

cómo los hombres y mujeres

se besaban en los parques.


Ella regó las flores del jardín

y salpicó su rostro

con unas cuantas gotas de ternura.


Él le robó sus pesadillas

y ella le ofreció docena y media de latidos.

Desde ese día,

existe una mujer que se adormece

con el aroma del membrillo,

y hay un hombre que respira a través de un corazón abierto.
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martes 27 de octubre de 2009

Las horas

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El cielo está enramado (V)

Crecen,

respiran.

Lloran,

hablan,

se esconden

en la vieja caja de música.

Preguntan,

se alargan,

se rompen,

se desnundan.

Se miran

en el espejo

y alzan los brazos

para tocar el cielo

que no habitarán nunca.


Se adormecen,

se enamoran,

se cobijan,

se sientan en el patio

de butacas del cine de sesión doble.


Viven.

Como yo.

Y me preguntan

el porqué han de morir

cuando las manecillas del reloj,

tras un último impulso,

marquen la exactitud de la hora en punto.


No sé explicarles porque razón nacieron

para una vida tan corta.

Soy incapaz de encontrar un sólo motivo

que justifique el que mis miedos

sean distintos a los de ayer,

ahora que sé que van a dar las doce.

A las nueve ya eran.

Sí, miedos.

Idénticos.

Sin variación alguna.



El temor no tiene tiempo.
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lunes 11 de mayo de 2009

Tributo

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No hay singular.

El plural le viene a la medida.

Aunque la noche sea cada vez una distinta.

Aunque el día de hoy tenga un rostro único.

No quiero pagar.

Las cunetas están llenas de abandonos.

El fondo del mar se cubre de lastres ajenos.

Dar a cambio de algo.

Siempre es igual.

Toma lo que te ofrezco, sin más.

Eso quiero.

Regalar.

Vestidos blancos con lunares negros.

Pañuelos grises con flores amarillas.

Colgantes de deseo engazardos en plata.

Perfumes de caricias sin fecha de caducidad.

Mirarse con serenidad es el principio.

Escucharse sin miedo es saberse viva.

Negarse a dar lo que otros quieren es la meta.

La culpa acaba de ser expulsada del Paraiso.

El equilibrio ha encontrado su centro de gravedad.
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martes 21 de abril de 2009

Fragilidad

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el escalón sube y sube pero no llega,
no alcanza, no culmina
la idea de ser junco se rompe
con la tormenta nocturna
el refugio del cuarto sin ventanas
desaparece cuando alguién
desde fuera dibuja un corazón
herido en los cristales ennegrecidos
la fortuna de pisar con fuerza
compite pasado mañana en una carrera de fondo
el anuncio fijado hace tres semanas
y dos dias en el tablón
fue arrancado esta tarde,
pero nadie ha llamado a la puerta
la comida sabe a comida
y los platos se amontonan en el fregadero
se ha roto la punta del lápiz con el que escribo
no quiero otra nueva
porque acabará partiéndose
o quizás redondeando su forma
y así será imposible contar cómo nuestro tiempo
está repleto de esquinas
que nos colocan siempre en el dilema
de doblarlas o permanecer justo en el extremo
Frágil es una palabra extraña
nadie quiere llevarla en sus bolsillos
y casi todos la custodiamos a la sombra,
cosida a nuestra figura solitaria.
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lunes 20 de abril de 2009

Equivocarse

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Dos.

Súmale dos más.

Son cuatro.

Le añades siete

y te encontrarás con el once.

Ya no llevo la cuenta.

Voy a girar a la izquierda

y acabo en la derecha.

Bajo cuando he de subir.

Duermo cuando he de reir.

Sueño cuando he de pensar.

Respiro cuando he de olvidarme de hacerlo.

Vivo cuando no sé construir una vida.



Todos saben menos yo.

Me equivoco.

Me empecino.

Me niego.

Dos más dos son cuatro.

Y uno es uno.

Aunque a veces sea una.

Ahí sí que llevo la razón.

Pero seguiré

siendo incapaz

de rectificar a tiempo.
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domingo 19 de abril de 2009

La espera

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La espalda de los enamorados
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Llega.

Y ya no se va.

Sentada en la esquina del banco.

Esperando que el día de hoy sea menos triste.

Porque el de ayer fue un poco más alegre que el anterior,

pero llegaron las nubes.

Por el horizonte.

Se quedaron sobre su cabeza.

La luz se fue a pedir limosna para seguir alumbrando

en los lugares oscuros,

que es donde más esfuerzo le supone trabajar.

Sentada en la esquina.

Sin dejar que el cuerpo se desplome sobre el respaldo

por la dureza de los desencuentros.

Espera

y esperará.

Sin atreverse a pedir agua.

Ni alimento para sustentar la locura.

Porque sólo ella es capaz de creer que los que hablan no mienten.

Y eso sólo ocurre cuando la razón se ha perdido.

La razón.

Siempre lleva a la sinrazón.

Por eso espera.

Y esperará.
.

viernes 3 de abril de 2009

Los años

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Faltan veintitrés horas.

O sobran. Es como un péndulo.

Me adelanto.

Las acabo de tomar prestadas al tiempo.

Una sigue a la otra,

ordenadas, sin modificación posible.

Con sus minutos inalterablemente estáticos.

Un equívoco te puede hacer reir.

También puede colocarte la zancadilla.

Entonces es cuando la carcajada

se convierte en angustia.

Porque teniendo veintitrés horas

para decirle adiós a una cifra,

las burbujas se van a escapar solas,

sin una promesa forjada sobre el pulso acelerado,

sin un deseo atado con las eses

de la curva infinita en la que habito.

El silencio me ha tocado en la nuca,

y después me ha pedido que sea su confidente.

Necesita compartir un secreto

y sabe que los años me han conducido hacia el camino

que me convertirá en una mujer sin voz,

muda,

callada,

introvertida.


Le acabo de dar el sí mientras alzaba mi copa.

No sé explicarme.

¿Para qué, entonces, hablar?

Ahora sé por qué el silencio

nos mira a todos con pesadumbre,

con la certeza de que nunca le dejaremos marchar.


Quedan veintidós horas y diez minutos

para la despedida.

Le diré adiós a este año nefasto.

Saludaré con desgana al que me acompañará

en los momentos en los que habré

de rellenar formularios.

Mañana tendré que acordarme de cambiar un dos por un tres.

Y no hablaré.

¿Para qué?
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