
.
.
Él la miró a los ojos
con la luz entre los labios,
silencioso,
sutil,
enamorado.
Ella se abrazó a su cuello
y recitó un poema de amor
al resguardo de su nuca.
Él escribió en su espalda
los días de la semana.
Ella suspiró sesenta veces
sobre su vientre,
para que los segundos de un minuto
resultasen eternamente cálidos.
Él subió a lo más alto del árbol
y le contó cómo era el mar,
cómo los hombres y mujeres
se besaban en los parques.
Ella regó las flores del jardín
y salpicó su rostro
con unas cuantas gotas de ternura.
Él le robó sus pesadillas
y ella le ofreció docena y media de latidos.
Desde ese día,
existe una mujer que se adormece
con el aroma del membrillo,
y hay un hombre que respira a través de un corazón abierto.
.
.

